De cómo me hice cargo del teatro

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Teotihuacán, México

Infinitas veces he escuchado la frase hay que soltar. Es más, en mi trabajo como coach ontológico, muchas veces, acompaño a personas y profesionales en este proceso. Pero cuando se trata de uno, en muchas oportunidades, el cuchillo se vuelve de palo.

Durante 10 años fui socio de una compañía de comedia musical. Si bien mi trabajo allí ya no tenía mucho sentido desde finales de 2013, elegía quedarme y seguir dando clases en los talleres de formación. El afán por sostener la ilusión de algo que sentía  mío, hizo que me mantenga allí un par de años más. El resultado: agotamiento, relaciones societarias deterioradas y cero posibilidades de crecimiento personal y profesional. Como me dijo una amiga en la muestra final  que realizamos al terminar el año tu relación con esta compañía ya está madura y es hora de que te caigas del árbol. ¡Y solté!

Ese 2015 me preparé durante medio año y, al cerrar ese ciclo, todo aquello que yo temí sufrir alguna vez por desapego, para mi sorpresa, fue muy orgánico. Me preparé emocional y personalmente. Y así, ese final, se había convertido en el paso evidente que había que dar. Hasta allí fue Operetas Sólo Musicales.

Ese paso trajo, desde el día 1, cosas maravillosas: finalicé el 2015 en un viaje de casi 2 meses por todo Centroamérica y el Caribe. Fue iniciático en muchas cosas. Lo reconozco. Ya allí –viajando liviano- me convencí de que era tiempo de tomarme, al menos dos años, para explorar otros espacios del arte y el aprendizaje. ¡Nada más lejos!

Esperando en el aeropuerto de Cartagena, recibo un audio de whatsapp. Mi amigo Demian Sánchez se había convertido en el director de un nuevo Centro Cultural en mi ciudad y me quería con él con en un nuevo taller de comedia musical. Recuerdo que le respondí con un no sé… tengo otros planes pero, al llegar, te busco y lo hablamos.

Durante ese vuelo no pude dormir y sintonicé un canal de jazz. Se me vino a la memoria la cantidad de mensajes, durante esos casi dos meses, de mis ex alumnos, pidiéndome que no me vaya, que deseaban continuar formándose conmigo. También recordé la frase de otra amiga estás para mucho más. Y por último el whatsapp de Demian. Y ahí fue cuando me dije: ¡No podés ser tan necio! No podés no escuchar todo lo que la oportunidad te está poniendo adelante. Me bajé de ese avión con un proyecto de taller para el 2016, un equipo de trabajo en la cabeza y el contenido pedagógico que lo atravesaría: el jazz.

Así nació La Compañía de Comedia Musical y funciona desde marzo de este año en el Centro Cultural Roma de Santa Fe.

Me es muy relevante poder contarles hasta aquí de mi desapego. Lo es porque durante el transcurso de este año me convencí de que toda la energía y lo que ocurrió después de dar ese paso, y de volver de ese viaje, fue gracias a soltar. Fue vibrar en otra frecuencia. Fue renovarme y renovar las personas con las que trabajaba. Nutrirme de nuevas energías. Fue comenzar a recibir y a dar en su justa medida.

Desde que he tomado la decisión de transitar mi camino se dieron cosas maravillosas. Ya para el mes de mayo no solamente teníamos con “La Compañía de…” nuestros talleres de comedia musical en Santa Fe, sino que abríamos dos nuevos grupos en Santo Tomé. Pasé de tener 10 ó 12 alumnos en 2015 a tener alrededor de 60 a mediados de 2016. Mi sueldo como docente teatral pasó de ser un incentivo a convertirse en la mitad de mis ingresos. Terminé mi Formación en Teatro Terapéutico Gestáltico (de lo que hablaremos en otros espacios). Diseñé talleres que integraron el teatro con el desarrollo personal y el coaching ontológico. Dicté seminarios y, actualmente, empresas e instituciones me piden que trabaje para sus RRHH articulando todos estos saberes.

Soltar fue la clave. Aunque es un entrenamiento que aún cuesta, practicar el desapego me fue muy revelador. Fue un camino que se abrió a lo desconocido. Tuve, primero, que reconocer  que tengo infinitos límites. Y ponerme a estudiar. Blanquear que en muchas cosas necesito ayuda. Y pedirlas. En este camino estoy. Feliz. Entendiendo que para transitar un nuevo camino hay que necesariamente abandonar viejas carreteras. Aunque den miedo, como en el teatro, antes de salir a escena.

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