La envidia: esa emoción poderosísima

Recuerdo un participante que asistió a uno de los seminarios que facilité en la UCSF. Después de varios encuentros, y de generar contexto, yo ya estaba preparado para lanzar mi pregunta karateka ¿Sos una persona que envidia siempre lo que tiene el otro? Tras oír la pregunta, y en un acto de valor y autenticidad, este participante asintió con una bajada de cabeza, absorto en una absoluta vergüenza.

La envidia es una emoción social. Como tantas otras emociones, comenzamos a sentirla cuando adquirimos la capacidad de reconocer el mundo, cuando nos observamos en él, y observamos allí –también- a los otros. En cuanto nos volvemos observadores conscientes del mundo (en muchos casos coincide con la edad de la primera escolarización) aparecen las emociones sociales o mixtas. Entre ellas: la envidia. No nacemos con el chip de la envidia, por así decirlo. Es una emoción aprendida, adquirida, a partir de mi relación con el mundo.

envidia

¿Dónde ponemos el foco cuando envidiamos?

La admiración es la contracara de la envidia. Si imaginamos que la envidia está impresa en la cara de una moneda, inevitablemente, del otro lado encontraremos la admiración. Por lo tanto, cuanto más envidioso soy de alguien o algo, mayor es mi admiración hacia “eso” que deseo para mí.

Es una emoción con un costo energético altísimo. Personalmente, reconozco a las personas envidiosas porque se me presentan con una energía muy densa, a veces, oscura. Para ciertos gestáticos, hay personalidades envidiosas. Para estas personalidades el mundo es una gran repartija en el que a ellos injustamente les tocó poco. Como diría Claudio Naranjo un envidioso tiene la habilidad de convertir la crema chantilly en mierda. Mirar –siempre- la flor en el jardín del vecino lleva un desgaste energético que apaga a la persona e impide poner su foco hacia la acción. La energía se va, de sí, todo el tiempo.

En sí no es una emoción ni buena ni mala. De cada uno depende qué hacemos con ella. Podemos habitar el discurso de víctima y quedarnos con la envidia retroalimentando ese deseo malsano que se traduce en “aquel tiene un mejor auto”, “a fulano le caen los contratos”, “tal es un hdp y siempre le va bien”. Estos discursos seguidos de “ y yo que me mato laburando, que hago las cosas bien…”. O podemos convertirnos en protagonistas de lo que sentimos y actuar inteligentemente. En este sentido, las preguntas que dejo al finalizar este artículo me fueron muy útiles para tomar acción frente a los asaltos de envidia.

La envidia nos pide volver a hacer foco en nosotros mismos. Cuando admiramos colocamos el foco en lo que tiene otro. Y nos vamos de nosotros mismos. Ser conscientes e inteligentes frente a la envidia nos obliga a encargarnos de nosotros mismos. ¡En este sentido se vuelve poderosísima! Por ejemplo, la envidia puede ser sumamente reveladora en aquellas personas que viven para los demás, ayudando, olvidándose de sí mismas. Reconocer algo que ven en los demás, y que descubren que necesitan, les exige volver la mirada hacia ellas y encargarse de sí.

¡La envidia tiene mala prensa! Pero, la verdad, es que puede llevarte a contactar con tus deseos verdaderos y transformarlos en acción concreta ¡No olvides hacerte estas preguntas desde tu mayor autenticidad! Así, podrás responder con un ¡Sí! la próxima vez que alguien te pregunte si sos envidioso, sin bajar la cabeza y sin ninguna vergüenza.

• ¿Qué tiene el otro que deseo para mi vida?
• ¿Realmente quiero eso que tiene el otro o, en verdad, quiero eso para cuidar otra cosa que está de fondo?
• ¿Cómo hago para conseguirlo? ¿Qué acciones debo realizar?
• ¿Estoy dispuesto a los esfuerzos que implica obtener eso que envidio?
• ¿Qué puedo hacer para estar en paz si nunca obtengo eso que envidio?

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